El corredor del silencio – IV

Capítulo IV: Un encuentro inesperado

Srampo debió agacharse para poder entrar por la puerta oculta. A ciegas, avanzó un par de metros hasta que se detuvo para tomar aliento nuevamente.


La ceremonia de Semersa-Pu lo había agotado por completo y le costaba respirar normalmente. La atmósfera de este nuevo lugar era aún más densa y pestilente que el cuarto donde había concluido el ritual. Aceleró el paso como pudo. Aquella puerta oculta estaba allí por algo y debía conducir a una salida, quizás lo bastante lejana del templo; quizás era posible que este túnel escondido hubiera sido usado por los antiguos guerreros de la hermandad de Rihlock-Zu, en tiempos de las guerras de Furdulla.


No había avanzado más de siete metros cuando volvió a caer en el piso. Allí pudo sentir que una suave alfombra de pelos se movía incesante a su alrededor. Aquel pasillo estaba tapizado de todos los roedores del mundo. Srampo intentó moverse lo más rápido posible para no desfallecer de nuevo y ser atacado; se movió como pudo, tan solo siguiendo un tenue foco de luz amarilla que se encontraba al final del túnel.


Una vez allí, y después de respirar al fin un aire menos denso y pestilente, se puso de pie por completo. Al frente suyo había un corredor larguísimo, gris y silencioso cuyo fin no alcanzaba a ver.


No había otra salida. Debía tomar ese camino para hallar de una vez por todas una salida a ese lugar que tantos problemas le había ocasionado. Por fin veía cerca una salida a aquella desastrosa situación y se imaginaba a sí mismo libre y victorioso, celebrando su aventura unos pocos días después en las praderas de Corú.


Continuó su camino apoyándose en las paredes. Todo sonido había desaparecido, y solamente podía seguir el camino que se encontraba al frente suyo, ya que las paredes de aquel corredor se extendían extrañamente hacia el cielo y parecían no tener fin; Srampo se mantuvo caminando pese a que ya habían pasado más de noventa minutos y aún no encontraba el final del corredor; cada vez que se detenía apoyado en una pared a tomar un nuevo respiro, aquel estrecho lugar le parecía interminable; pero sabía que solo caminándolo podía escapar. Continuó su camino en el más perverso silencio hasta que sus mermadas fuerzas se agotaron por completo. Cayó inconsciente en el piso. Había perdido por completo la noción del tiempo y no sabía cuántos minutos o quizás horas llevaba tendido en el piso de aquel lugar, pero lo que era peor: desconocía el camino que debía tomar. No sabía si la salida del corredor se encontraba frente suyo o a sus espaldas. Cada piedra de las paredes era idéntica en su diminuto tamaño y forma simétrica y tanto atrás como adelante, los muros que conformaban el corredor mostraban una desesperante perspectiva infinita sin salida.

El silencio lo continuaba abrumando. Aquel subterráneo corredor debajo del templo, destinado para la fatalidad, lo estaba consumiendo sin misericordia.


Srampo abrió los ojos por última vez en su vida.


Lo hizo despacio, con la lentitud que genera la falta de energía. Por un instante había olvidado todos los acontecimientos que lo habían llevado a aquel lugar, y aquel sitio por sí mismo.


Solo el corredor del silencio. Solo la aterradora soledad.


Ahora respirar volvía a hacérsele doloroso. Miró al cielo y vio cómo los muros en su titánica magnificencia se extendían hacia el infinito y, llegando a las estrellas, se cerraban por completo.
Había sido demasiado apresurado el escapar por esa puerta hacia el corredor. Pero ya era demasiado tarde. Deseó cerrar los ojos y jamás abrirlos de nuevo, pero la visión que se presentó ante sus ojos lo hizo mantenerlos abiertos… para siempre. Ahora estaba recostado contra un muro. Sus ojos miraban al infinito muro a su izquierda. El silencio inundaba con su presencia el frío lugar. Poco a poco fue apareciendo a lo lejos una silueta negra y triste que se arrastraba desde la distancia y se dirigía hacia él.

¡Alguien estaba allí! ¡No se encontraba solo!


¡El corredor tenía una salida! –pensó.


Y por lejos que pareciera, allí se encontraba; tan solo podía esperar que la silueta decrépita se acercara más y cuando así fue, y la forma se hizo más visible, sintió un terror indescriptible.


Aquella silueta era tan solo los guiñapos de lo que alguna vez fue un hombre. Se arrastraba ayudado de sus brazos, y sus dedos estaban forrados de una durísima costra de sangre seca. Estaba tremendamente desajustado, sucio, pestilente… triste. Entre las marañas de pelo canoso y retorcido, apenas pudo distinguir un rostro deformado de cicatrices y heridas. Srampo entró en pánico. Le era imposible moverse. Tan solo podía esperar unos cuantos metros más para estar completamente de frente al ser que podría indicarle la salida de aquel corredor.


El silencio fue destruido por única vez.

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