Capítulo III: El ojo que todo desvanece
Intentó acallar su voz interior. Era imposible. Su mirada estaba perdida en la pared color mármol al frente suyo. Sintió unos pasos acercarse veloces a las puertas cercanas. Este sería sin duda su final. Entonces vio un minúsculo tubo incrustado en la pared, no más ancho que uno de sus brazos, y el cual, al parecer, recorría todo lo largo del edificio.
Afuera de la habitación se escuchaba un gran alboroto; todos en el templo se habían enterado del incidente y empezaban a abrir una por una las puertas para advertirles a las lectoras de sangre que un demente estaba suelto en el lugar. Así le encontrarían. Le encontrarían y le destazarían de inmediato.
No había otra opción. Ya no podía salir por el pasillo ni correr para hallar la salida. Tampoco intentaría huir por la ventana. Pensó en la ceremonia de Semersa-Pu como su última opción. Jamás lo había intentado. Era demasiado arriesgado. Solo los hombres viejos y sin orejas de las tierras de Corú estaban autorizados para realizarla; y, aunque la conocía en teoría, jamás había intentado el inicio del rito; era demasiado complicado y comprometedor, pero no había otra posibilidad de salir del lugar con vida.
Aseguró y bloqueó la puerta para que fuera más difícil de abrir desde afuera. Acto seguido, abrió un agujero en el tubo incrustado en la pared, se tiró boca arriba y recitó:
-Xemur Camulat -Emplul… Lamira -Sadhum Asculam Pori- Kalamemmo. Sap Ompha-Camun. Ai Bide Guzrta Tomoramo… Ai Bide Caurella Jor-Tu… Ai Bide Sollom Wolsinco… Per Ua Bancuf Ol de-mi no!
Antes de pronunciar aquellas frases prohibidas, sabía que una parte de su vida ya estaba condenada y que nada volvería a ser como antes. La ceremonia de Semersa-Pu había iniciado antes de recitar aquellas extrañas palabras.
Sin pensarlo dos veces, Srampo sustrajo el ojo izquierdo de su cuenca y lo dejó justo al lado de la base del tubo incrustado en la pared. Se levantó y se mantuvo en perfecto equilibrio pese al terrible dolor que sentía. Se apoyó en la punta de los dedos del pie derecho. El ojo izquierdo cambió de color y se tornó gris y gelatinoso mientras permanecía mirando al cuerpo de donde provenía.
Lo que vino después fue tejidos y piel: todo lo que era Srampo se derritió rápidamente al sentir sobre sí la mirada del ojo gris. Una masa amorfa quedó en el suelo pocos instantes después; solo permaneció su blanco esqueleto como un vestigio de su cuerpo, que alguna vez estuvo completo.
El ojo miró la masa de carne y, reptando hacia el agujero en el tubo, le indicó el camino que debía seguir. Cuán densa era, la masa avanzó hacia el agujero en el tubo de la pared y se introdujo en este, descendiendo lentamente hasta el final.
Afuera, la paranoia se había apoderado del lugar y se escuchaban gritos enfurecidos y otros asustados. La noticia del ataque a Loa era de conocimiento general: había un agresor y aún estaba dentro del templo. Era cuestión de minutos para poder encontrarlo.
Una vez la masa bajó por completo por el tubo, el ojo miró al esqueleto, describiendo con la mirada un extraño símbolo que cubrió la ósea estructura. El esqueleto comenzó a temblar y en pocos instantes se pulverizó por completo. Poco a poco y ayudado por un fatuo viento proveniente de los efectos mágicos de la ceremonia, el polvo de los huesos fue arrastrado hasta el agujero en el tubo.
Ahora, solo le faltaba al grisáceo ojo escapar de aquella misma manera.
Comenzó a trepar como un acuoso caracol en el instante en que alguien golpeó con insistencia la puerta de la habitación donde se encontraba. El ojo intentó acelerar su escape a medida que los golpes y gritos sobre esta se hacían más desesperados. Pronto cesaron; entonces, de un solo golpe seco, la puerta fue derribada por dos hombres.
El ojo se mantuvo estático y petrificado de terror en la entrada del agujero.
Uno de los hombres corrió hacia el cuerpo de Shala. Horrorizado al ver repetida la escena de la habitación de Loa, le dijo a su acompañante con voz temblorosa de sorpresa:
-¡No puede ser!
El otro hombre ni siquiera intentó indagar en la ventana. Sabía que el encargado vigilaba circundante desde los cielos; solo entonces, otro hallazgo, aún más repulsivo, desvió su atención. Junto a el, un camino de sangre recorría parte del piso y escalaba la pared mientras reducía su tamaño y desaparecía por completo. Ese era el rastro físico de la ceremonia de Semersa-Pu. El camino de la amorfa masa de carne de Srampo. Lentamente siguió el rastro y finalmente pegó su cara al tubo para ver el extraño camino de sangre. A su lado, casi en el borde del agujero, el ojo lo observaba tan cercano que el hombre no distinguió. Su atención estaba fija en el tubo.
-¿Qué es eso? –se preguntó a sí mismo.
Retrocedió un par de pasos para entender en su totalidad aquella macabra escena.
Entonces, vio por fin al ojo gris.
-¿Un ojo!? –gritó–. Hay un… hay un ojo en la pared!
El hombre retrocedió presa del miedo, haciendo que su acompañante se acercara.
-¿Qué ocurre, Tluzé? –le preguntó.
Tluzé volteó impactado a mirar a su compañero y le dijo:
-¡Hay un ojo ahí, un ojo vivo en la pared!
El otro, al ver la palidez de su amigo, se acercó aún más y vio el ensangrentado camino que trepaba por el tubo de la pared y se perdía en un agujero de este, pero no vio ningún ojo.
-Aquí no hay ningún ojo! –replicó de inmediato.
-Mejor corre y avísale al Señor Bleza ‘E que Shala está inconsciente!
-Pero… aquí había un ojo… un ojo gris y estaba mirándome –interrumpió Tluzé, y se acercó aún más, pegando su propio ojo al agujero en el tubo. En aquel momento, el ojo gris de Srampo estaba descendiendo en su interior.
Afuera, el desorden y la histeria llenaron el lugar.
Estaba oscuro. Allí, en el subterráneo del gran templo, todo era silencio.
Para fortuna de Srampo, el paso del tiempo y el desgaste habían perforado ampliamente la parte inferior del tubo, y fue muy fácil que su masa carnosa pudiera empezar a salir al fin por aquel agujero. Acto seguido, lo hicieron el polvo de sus huesos y finalmente el ojo grisáceo que instantes atrás había sido visto por el asustado Tluzé.
El ojo se sintió cansado, pero sabía que no era momento de detenerse; debía apresurarse y concluir el ritual antes de que no pudiera regresar a su forma original. Sorprendentemente había realizado de forma exitosa la primera parte de la ceremonia, algo casi irrealizable para la mayoría de los habitantes de su tierra de origen.
El ojo dibujó una complicada figura en el aire con su mirada e invirtió el orden de la oración que anteriormente había proclamado. El polvo de los huesos comenzó a elevarse por el cielo y lentamente se fue compactando hasta formar de nuevo el esqueleto de Srampo. El ojo se encontraba agotado. Su visión comenzaba a ser borrosa y se tornaba más oscura que de costumbre. Finalmente, y después de un tiempo que se hizo eterno, Srampo recobró su forma inicial. Se agachó, recogió su ojo y lo introdujo en su respectiva cuenca, recuperando al instante su visión completa. Miró al lugar y solo divisó un minúsculo haz de luz que pasaba hiriendo la oscuridad de una puerta. Esa era la única salida. Avanzó un par de pasos, pero se fue de bruces contra el piso. Se sintió demasiado débil para continuar; se sentía extraño, el cuerpo le dolía terriblemente.
Llegó a la puerta arrastrándose, pero no pudo abrirla; estaba cerrada bajo llave. Tomó asiento en lo que parecía una caja y que estaba invisible a su vista. Intentó recobrar alientos y pocos minutos después, en un arranque típico de los hombres de las tierras de Corú, se lanzó con todas sus fuerzas y logró abrirla de un solo empujón. Afuera se encontraba una calle estrecha posterior al templo, cuya única salida estaba vigilada por los furibundos hombres que lo buscaban. Ahora, esta calle se mostraba como la salida que lo llevaría a su condena; los hombres no tardarían en buscar en aquel lugar que muy posiblemente ya era vigilado desde los aires por el encargado.
Regresó dentro del sucio y oscuro cuarto subterráneo cada vez más convencido de que arriesgarse a salir por esa calle era un suicidio anunciado; ya podía sentir los pasos de los hombres armados de antorchas dirigirse al lugar. Gracias a la luz que había entrado por la puerta que había abierto, pudo ver con más detalle aquel fétido cuarto. Era insoportable la pestilencia. De pronto y favorecido por la tenue luz, observó en una pared del cuarto algo que le pareció inusual. Había una perilla dorada incrustada en aquel muro, como si existiera otra puerta, y con ella, otra posibilidad de escapar.
Se dirigió a ella tambaleante de dolor y comprobó que no existía puerta alguna, simplemente la perilla dorada empotrada en la pared.
Escuchó las voces furibundas de los hombres que llegaron por fin a la pequeña calle. Su suerte había terminado. Algo llamaba su atención de aquella dorada perilla, quizás el brillo extraño que sobresalía del polvo y las telarañas del lugar, y que ejercía como un imán llamando a su mano. Las voces se hicieron más claras y, en acto de desesperación, giró aquella perilla que nacía de la sucia pared.
-¡Aquí es! –pensó al momento que abrió una puerta secreta hecha del mismo muro y se introdujo tambaleando rápidamente a través de la misma.
