Capítulo II: La huida
Dos golpes secos en la puerta hicieron que Srampo regresara rápidamente a la realidad.
-¿Qué pasa, Loa? …¿Ya has terminado con el muchacho? –Preguntó la voz del encargado del templo de lectura de sangre.
-Acaba de llegar el Señor Icómam… te busca para una lectura urgente –dijo sin perder el ímpetu en su voz.
Lo primero que pensó Srampo fue en imitar la voz de la mujer para decir que la lectura del joven iba a tomar más tiempo del que había pensado, pero su forma de hablar tan particular lo delataría de inmediato.
-¿Loa? ¿Está todo bien? –volvió a preguntar el hombre, dando un golpe más a la puerta.
Srampo pensó en huir por la ventana. Asomó la cabeza por la ventana y midió la distancia.
El encargado introdujo al fin su llave maestra en la cerradura de la puerta. Había perdido la paciencia gracias a la insistencia del señor Icómam por ver a Loa. Notablemente enfadado, giró tres veces la llave y se dispuso a abrir la puerta mientras empezaba a gritarle a la mujer.
La puerta no se abrió por completo. Algo la detenía. Era el cuerpo de Loa, yaciendo sobre el piso de madera.
-¡Por Epsplanugor!!! –gritó aterrorizado el encargado.
El señor Icómam cayó inconsciente tan pronto vio a Loa sobre el suelo. Ya nunca más volvería a hablar en su vida. Después de aquel momento, solo podría comunicarse mediante cortos silbidos que emitía apretando los labios contra sus únicos 3 dientes.
El encargado levantó la mirada buscando al culpable sin siquiera tocar a Loa. Lo único que encontró fue la ventana totalmente abierta. Corrió hacia ella y vio la calle vacía.
—No puede estar muy lejos –pensó, y se lanzó hacia la calle saltando por la ventana.
Mientras caía hacia el vacío, se abrieron de su espalda dos láminas oxidadas y livianas que nacían de su carne y le ayudaron a planear mientras descendía suavemente sobre el suelo.
Algunos momentos después, Loa recobraría la conciencia y torpemente se incorporaría apoyándose en la pared. Vería al Señor Icómam desmayado, justo a su lado derecho. Después, un terrible dolor la llevaría a tocarse la cabeza, que daba giros y giros, efecto de la mirada de Srampo.
Siguió apoyada en la pared mientras avanzaba y pronunciaba lentamente una nueva oración. Al llegar la noche, estaría completamente recuperada y seguiría leyendo la sangre en aquel templo como lo había hecho siempre.
Al día siguiente, al fin, alguien levantaría al señor Icómam del suelo y lo sacaría del lugar.
Una vez en la calle, el encargado emprendió la fugaz carrera en busca del agresor. El viento soplaba helado y constante. Con gran cautela, Srampo asomó por fin su cabeza de debajo de la concavidad del pequeño altar y que era cubierta por el terciopelo envejecido. Después de confirmar que el encargado había salido por la ventana y que nadie más lo había acompañado, se puso rápidamente de pie y emprendió veloz carrera hacia la puerta, no sin antes tropezar con el cuerpo inconsciente del señor Icómam.
Srampo caminó con paso tranquilo pero constante por el corredor, y cuando llegó al final del mismo, dio un giro a la izquierda para bajar por una escalera de hielo. Justo cuando comenzaba a descenderla, se encontró de frente con dos trabajadores del templo, quienes buscaban al encargado, y sabían que se encontraba al otro extremo del pasillo.
El corazón de Srampo dio un brinco. Los hombres ni siquiera se fijaron en él. Continuaron subiendo velozmente, mientras que él llegó al piso inferior. Este era idéntico a todos los pisos: un largo pasillo con muchas puertas a lado y lado. En esta oportunidad, algunas puertas también se encontraban abiertas.
Caminó por la mitad del pasillo con el presentimiento de ser atrapado en cualquier momento. Aceleró su paso mientras esperaba descender al nivel inferior y encontrar la salida definitiva de aquel lugar. Pronto escuchó fuertes y furiosos pasos provenientes de la escalera. Era muy tarde. Por más que corriera hacia el piso inferior, iba a ser descubierto.
Miró a la derecha. Una puerta se abría. Los hombres que descendieron del piso superior y que habían encontrado a Loa, buscaban más ayuda para dar con el paradero de su agresor; minutos antes, habían intentado que el Señor Icómam reaccionara y les contara lo que había ocurrido, pero no pudieron despertarlo. Pasaría la noche tirado a su suerte hasta el siguiente día.
Las voces se escuchaban a lo largo del corredor. Al llegar al final de este, cada uno de los hombres tomó una escalera diferente y se separaron en medio del estupor y la euforia, y desaparecieron del pasillo. Por un momento, Srampo se encontró a salvo.
Había logrado entrar a la habitación de Shala (otra lectora de sangre, como tantas en aquel templo). Shala era casi una anciana y se rumoraba que nunca había salido de aquel lugar. La experticia de toda una vida leyendo la sangre le había dado tal habilidad que podía adivinar los pensamientos iniciales de una persona tan pronto la veía, con solo fijarse en el movimiento de su nariz y sin necesidad de acceder a su sangre.
-¿Qué es lo que te ocurre?… ¿Estás asustado? –dijo ella con una sonrisa y una sorprendente tranquilidad.
Srampo cerró la puerta lentamente y, sin parpadear, la miró fijamente a los ojos.
Shala continuaba fijando su vista en los movimientos microscópicos de su nariz. Luego subió la mirada y se encontró con los ojos de piedra de Srampo. Sus párpados se congelaron de inmediato. Sintió la mirada de este como una gigantesca mano de concreto que la agarraba por las costillas y le impedía respirar normalmente. Sus lágrimas cayeron rápidamente por sus mejillas pálidas y arrugadas. Sintió cómo el aire se le fue de inmediato e intentó, en un acto desesperado, gritar por ayuda, lo cual fue inútil. Cayó de bruces en el suelo al lado de su altar, repitiendo la historia de Loa.
Ahora su problema era doble. Ya no saldría vivo de ese lugar, y, sin embargo, sentía de nuevo la misma pasividad posterior a sus acciones, tan diferentes a la angustia y el miedo de ser descubierto.
Se tendió en el piso. Después de unos momentos, comenzó a escuchar una dolorosa voz que le susurraba:
-¿Cómo limpiaré la sangre de mis zapatos de piel de Emlur?
