El corredor del silencio – I

La lectura de sangre


-Ahhhh… Eres joven… ¿Para qué quieres saber qué traerá el sol de mañana?…. –Dijo la mujer, y cerró su pregunta con un silencio prolongado.

Srampo se sintió defraudado.

Desnudo de su torso, el joven yacía sentado en la orilla de un altar de mármol cubierto por un desteñido terciopelo violeta, apenas iluminado por la tenue luz de unas velas negras. Aquella tenue luz solo permitía ver las sombras en el rostro de la mujer, a la cual había pagado la suma de 339 Hlimpes, para que leyera su sangre.

Instantes atrás, ella se había quitado de un solo tirón el camisón de seda que la cubría y había mostrado su cuerpo totalmente envuelto en una sola venda negra garabateada por irreconocibles símbolos pintados en tinta dorada; algunos ya desvanecidos por el uso y el paso irremediable del tiempo.

Una vez libre de aquel largo camisón, se había abalanzado sobre Srampo mientras susurraba una oración en un idioma que el joven no lograba descifrar y contorsionaba su cuerpo en una extraña danza sin ritmo aparente. Se mantuvo así, acercándose poco a poco al altar mientras continuaba repitiendo una vez más la oración del ritual. La luz proveniente de las velas se había hecho intermitente, y un par de las mismas lograron apagarse sin aparente motivo. El rostro viejo de la mujer parecía verse aún más aterrador a medida que se acercaba a Srampo, quien temblaba sobre la superficie de mármol, extraña mezcla de nerviosismo y frío.

-¿Cómo te llamas? –Al fin le preguntó ella.

Srampo titubeó mientras sentía su respiración cerca de su oreja izquierda.

-Omu –respondió a secas–. Me llamo Omu…

-Hermoso nombre… ¿eres de la provincia de Umur? –indagó ella mientras ponía su nariz sobre su cuello y lo olfateaba de forma repugnante.

-No…. soy de las montañas de Coref –acertó a responder Srampo con total sinceridad.

Algo detuvo a la mujer entonces. Algo que la hizo recordar sobre la fama de los hombres de la provincia de Coref… Algo que entre las lectoras de sangre se comentaba con temor.

Lo miró a los ojos. Había tomado una decisión: leería su sangre rápidamente y le diría cualquier cosa para que se fuera pronto.

Se detuvo lentamente y se acercó a él hasta que compartieron el mismo aire.

-¿Qué quieres que lea en tu sangre? –Preguntó sin titubear.

-¿Cuál será el color del cielo de la mañana? –respondió Srampo.

La mujer sonrió. Para ella, aquella pregunta rayaba en los límites de la estupidez. Sin importar el color del amanecer, todos los días siempre terminaban en completa oscuridad, justo como aquella misma noche.
Entonces solo acertó a decir:
-Ahhhh… Eres joven… ¿Para qué quieres saber qué traerá el sol de mañana?

Después sonrió ante el silencio de Srampo. Y retomó la oración acelerando su velocidad. Movió su cuerpo con mayor ímpetu. Los ojos de Srampo se abrieron aún más. La mujer levantó la mano derecha señalando el techo sucio y manchado de hollín con los dedos índice y corazón. Su oración se hizo aún más intensa y fuerte justo antes de que, sin previo aviso, metiera con fuerza aquellos dedos en las fosas nasales de Srampo, haciéndolas sangrar de inmediato. El joven se echó hacia atrás con un sobresalto, pero ya era tarde. Ella sacó los dedos manchados de su sangre caliente y se tocó la frente con los mismos, describiendo una forma curvilínea.

Se tocó la nariz con ellos y finalmente los metió dentro de su boca. Sonrió nuevamente.
Una visión, a modo de rayo, sacudió su mente por un instante. En ella, no había color alguno, solo una tenue luz sobre la que flotaban lentamente partículas de polvo. Después, un océano gris, hecho de horribles y pequeñas pieles, emitía un chillido agudo y desesperante.

Era una visión imposible de interpretar. Se tomó unos momentos para darle algún significado, pero no valía la pena aquel esfuerzo, realmente ni importaba lo que le dijera a aquel joven. Entonces, simplemente dijo con voz pausada y casi teatral:

-Un verde amanecer traerá el día de mañana.

Srampo la miró con decepción.

-Es lo que dice tu sangre –acotó ella al ver la expresión de su rostro–. Siento si te sientes defraudado, pero a eso viniste y no puedo cambiar lo que leo –finalizó.

Realmente sí podía hacerlo. Incluso, como en tantas otras ocasiones, solo tendría que mentir y dejar al azar si aquella respuesta coincidía con los deseos de quien preguntaba.

Ella caminó lejos del pequeño altar, recogió su camisón de seda y se lo puso nuevamente. Antes de ello, había limpiado sobre sus vendas la poca sangre que aún quedaba en sus dedos.

No habían transcurrido menos de dos minutos cuando Srampo sintió que algo le sucedía a su cuerpo. Un tipo de extraño asco sobre su propia carne. Una sensación de desasosiego hormigueó por todo su cuerpo y cambió su semblante de inmediato.

Ella lo notó. Lo miró a los ojos y le preguntó:
-¿Te pasa algo?

Srampo no respondió. Su mirada estaba tan perdida y meditabunda, que causó en ella un sentimiento de pena.

-Omu, Omu… –susurró mientras se acercaba con la intención de presionarlo para que abandonara rápidamente el lugar.

Tocó su rostro frío e inexpresivo y acarició su cabeza con la palma de su mano derecha mientras sonreía.
Se mantuvo así por unos instantes mientras Srampo fijó por fin su mirada en ella. Entonces, y de una manera totalmente inesperada, cruzó su mirada y, sin parpadear, fijó sus ojos en ella con tal fuerza, que le fue imposible parpadear.

Ella identificó de inmediato aquella mirada. Había escuchado de las artes secretas de la gente de las montañas de Coref y de cómo podían dominar a otros con solo fijar su penetrante mirada en ellos.
No era una leyenda. Ahora lo sentía sobre sí misma a medida que su cuerpo se endurecía.

-No hay un amanecer verde. Los amaneceres Coref nunca compiten con sus montañas –sentenció Srampo.

Paralizada, la mujer comprendió que había cometido el más garrafal de los errores al mencionar un color al azar. Justo ese, aquel color, irónicamente, su favorito.

Había aprendido tarde de su error. No pudo mantener de pie el peso que su cuerpo rígido había adquirido y cayó de bruces al piso, perdiendo el sentido de forma inmediata.

Ahora, Srampo sentía una tranquilidad incomprensible y un alivio que no podía explicarse. Por primera vez había sentido el poder de su mirada.

Pronto su tranquilidad se desequilibraría.
 

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