Capítulo V: Un hogar sin salida
La silueta llegó por fin al lado de Srampo y se detuvo de inmediato. Este lo miró con gran asombro. Tenía que preguntar tanto para darse por enterado, que no tuvo palabras que dirigir al hombre, pero este sí lo hizo; era como si estuviera esperando encontrarse con el propio Srampo desde hacía mucho tiempo. De cierta manera, así lo era.
—Te estaba esperando, Omu… —dijo al fin el viejo.
Omu… aquel nombre con que se presentó ante Loa… Omu, un nombre secreto solo mencionado una vez… ¿Cómo podía conocerlo aquel esperpento? Ese corredor tenía muchos secretos, y él era uno de ellos… Más allá de la duda, la necesidad de encontrar pronto la salida a aquel lugar era lo que predominaba en la escala de necesidades de Srampo; entonces, y antes de que aquel hombre prosiguiera hablando extrañamente, le preguntó:
—¿Falta mucho para llegar al final del corredor?
—¿Cuánto falta? —dijo el viejo en el momento en que Srampo comenzaba a hacerle exactamente la misma pregunta.
Srampo quedó perplejo, sintió algo extraño en su voz… volvió a petrificarse de nuevo.
—Estoy demasiado cansado para hablar —dijo el hombre—, demasiado exhausto… mucho más que tú… No voy a darte explicaciones, solo te pido que olvides la idea de caminar por el corredor del silencio.
—¿Aún falta mucho? —volvió a preguntar Srampo sin prestar atención a las palabras del viejo—. ¿Cuánto falta para la salida?
—¿Cuánto falta? —rió el hombre—. Intenta regresar por donde entraste —precisó—; ya no encontrarás la pequeña puerta… solo este corredor…
El hombre, cuya edad era indescifrablemente avanzada, tomó una pausa y pareció calmarse por unos instantes y, de repente, estalló una furia guardada y reprimida desde algún rincón de su destrozado cuerpo.
El viejo le gritó estrepitosamente:
—¡Intenta hacerlo, Om! ¡Intenta tener la esperanza de salir de aquí!… Si hubieras tomado otro camino, ¡pero jamás este!
Si hubieras saltado por la ventana o por un ducto de ventilación… ¡pero nunca, nunca aquí! —gritó sin quitarle la mirada de sus ojos—.
Srampo se percató de que el anciano sabía mucho más de él de lo que pensaba, y retrocedió chocando su espalda contra la pared.
—¿De qué me hablas? —interrogó Srampo exaltado.
—¡Patético! —le gritó el viejo, escupiéndole sobre su rostro unas gotas de saliva supremamente frías—. Te jactaste de salir con vida después del Semersa-Pu —continuó—, pero ese fue tu error.
Un temblor estremeció el cuerpo de Srampo. Definitivamente había algo especial en este hombre que conocía lo que había hecho desde el momento en que había entrado al templo de las lectoras de sangre… peor aún, conocía también de la ceremonia que le había permitido escapar. ¿Era este hombre una especie de brujo decrépito que conocía sus acciones y ahora intentaba atemorizarlo?
—¿Ceremonia?
Srampo se deslizó hacia atrás, frotando su espalda contra la pared para intentar separarse del hombre.
—Descansa en este lugar, Omu —sentenció el hombre— y haz de esta pared tu hogar hasta su fin.
—Pero… —balbuceó Srampo.
—¿Aún no comprendes? —le respondió el viejo—. Desde que llegué por esa misma puerta busqué la salida, solo acompañado de estos muros y el silencio. Recorrí y recorrí este corredor sin fin, y me hice viejo y agonizante hasta que comprendí lo obvio de este lugar; entendí que era mi propio infierno, tan extenso que se burlaba de todas las leyes del tiempo. Entonces, decidí regresar a buscarte para que tú no lo recorrieras, porque no quiero continuar caminando hasta el infinito.
Srampo aún no entendía las palabras del hombre. En medio del dolor y el cansancio, solo podía pensar que todo se trataba de un juego de frases sin sentido. Palabras de anciano.
—Esto, esto —dijo el hombre golpeándose el pecho fuertemente— es lo que te espera… No me sigas haciendo recorrer este lugar.
—Tiene que haber una salida —le gritó Srampo a su vez— e intentó tomar al anciano por el cuello; entonces vio una extraña y conocida marca en su pecho. Era el nombre que se le daba a cada recién nacido en las tierras de Corú y que se le tatuaba desde su nacimiento para que así fuera llamado para siempre. La inscripción en el pecho del viejo decía: Srampo.
Srampo miró al cielo. Sintió dolor al levantar la cabeza, pero igual lo hizo. Observó cómo las paredes del corredor del silencio subían y subían más allá de toda realidad. Había por fin entendido la verdad. Bajó la mirada, pero ya se encontraba solo. ¿Acaso había sido una ilusión?
Ahora, solo podía fiarse de su ojo derecho; lentamente, el izquierdo se hizo opaco y dejaría de servirle, quedando igual al del viejo. Srampo permaneció allí con la mirada perdida en el muro del frente. Se arrastró y maldijo la aparición fantasmal del viejo, y continuó así por un tiempo indefinido, remolcando su cuerpo con las manos con la única convicción de salir como fuera de ese lugar. Había resuelto olvidar aquella visión y borrarla de su mente para siempre. Los hombres de las tierras de Corú eran invencibles. Siguió arrastrándose malherido y débil y se perdió en la distancia.
Al fin se detuvo. Miró la capa densa de sangre seca en sus dedos. Se había arrastrado por el corredor del silencio por muchos, muchos años; tantos, que se hizo un guiñapo viejo y decrépito, limitado de la vista, pues su ojo izquierdo, el mismo que alguna vez se deslizó por un tubo por sí mismo y había realizado una ceremonia prohibida, se había hecho inútil y había muerto secándose inclemente. Aquel corredor parecía no cambiar por más que arrastrara su cuerpo… eran las mismas piedras, la misma luz tenue, el mismo silencio aterrorizante que le recordaba sus pecados de vidas y tiempos anteriores, sus impulsos y errores. Había cometido una grave equivocación al intentar buscar una salida que no existía. Llevaba mucho tiempo agonizando en su camino. Estaba cansado de hacerlo y tristemente sabía que continuaría haciéndolo, pues desde que comenzó a caminar, pese a su estado de salud, no había podido dejar de caminar, ni de agonizar… ni de esperar la muerte que no le llegaba. Apenas si se detenía a tomar un poco de aire y retomaba sus pasos de nuevo. Solo había una forma de parar para siempre y dejar de vivir en el abismo al que sus mismos actos lo habían conducido; solo podía detener el momento exacto en que decidió continuar el camino en busca de una inexistente salida al corredor.
Giró hacia atrás y comenzó a arrastrarse de nuevo, ahora en sentido contrario. Continuó haciéndolo con la constancia que su estado decrépito se lo permitía, pero manteniendo la certeza de que, en algún lugar del corredor, encontraría algún día a aquel que se hacía llamar Omu.
FIN



