Susan y Paul

Una y otra y otra vez

Continuaba caminando. Atrás había quedado la pradera y se había adentrado a una meseta cubierta enteramente de hojas resecas por el sol. Aún podía verlos. Estaban delante de ella a tal distancia que se habían convertido en cinco siluetas con el inmenso sol naranja detrás suyo.

—¿Qué puedo hacer? —pensó.

Gritar sería una opción inútil debido a la distancia. Era evidente que nadie podría escucharla. Correr era la única alternativa para alcanzarlos, pero estaba tan cansada que sabía que no podría dar el primer paso sin que esta empresa estuviera condenada al fracaso.

Se detuvo. Agachó la mirada y vio aquellas hojas a punto de quebrarse por la sequedad. Intentó dar una patada a un pequeño montículo enfrente suyo y tuvo que hacer un gran esfuerzo para levantar por completo el pie. Las hojas se elevaron apenas unos pocos centímetros y flotaron en el aire unos segundos. Una acción sin trascendencia.

Se quedó mirando cómo aquellas hojas caían nuevamente sobre el suelo y se acomodaban siguiendo el caprichoso deseo de la gravedad y el viento. El tiempo se hizo eterno. Su mirada se perdió en aquellos colores en decadencia y así permaneció hasta que una extraña inercia moviera ligeramente su cuerpo. Aún estaba con vida, si es que le podía decir así.

Dio un paso y luego otro, y después otro. Poco a poco empezó a moverse, aunque con mucha más lentitud, como si aquellas hojas actuaran como un impresionante imán sobre sus pies. Sin dar tiempo a analizar de nuevo aquel magnetismo, dio un paso más hasta que sintió un viento tan fuerte que en instantes se vio envuelta en un inmenso remolino de hojas secas que crecía a medida que intentaba dar un nuevo paso…una y otra y otra vez…

Los caminantes que pensaba alcanzar ya habían desaparecido del horizonte, pero, de alguna manera, sabía a dónde se dirigían y también podría encontrar un atajo que incluso la hiciera llegar antes al lugar de encuentro: el edificio de la Moneda. No todo estaba perdido después de todo.

—¿Puedo volar? —pensó.

Y volar podría ser la forma más rápida de liberarse de aquel tornado de hojas que le impedía ver el horizonte y ataba cada paso, haciendo hundir cada vez más sus pies en la tierra.

—No. No puedo volar —se respondió a sí misma con desesperanza.

Trató de abrir los ojos lentamente. Aquel remolino de hojas había casi desaparecido y, en su lugar, un obelisco de metal se mostraba frío e impávido justo al frente suyo. Pudo ver por unos instantes aquel horizonte distante coronado por el inmenso sol, hasta que uno de sus rayos se reflejó en el obelisco e hirió su vista. De nuevo estaba ciega. La oscuridad se apoderó del lugar. Extendió la mano para alcanzar a tocar la superficie de aquella estructura y entonces se arrepintió.

—¿Qué puedo perder? —pensó en aquel momento.

—No vas a alcanzarlos —se dijo a sí misma.

—Sí lo haré.

—No puedes volar.

—No me importa.

Estiró de nuevo el brazo y, liberándose de todo temor inicial, tocó la superficie del obelisco.

No era lisa ni suave como a primera instancia creyó imaginar. Abrió los ojos y le pareció extraña aquella sensación de su tacto. El obelisco seguía reflejando los rayos de aquel sol que empezaba a ocultarse; miró la punta de sus dedos y vio unas gotas de agua provenientes del mismo. Intrigada, estiró de nuevo la mano y esta entró con facilidad dentro del obelisco al mismo instante en que sintió cómo su mano se mojaba por una invisible cascada de agua que formaba el obelisco metálico.

—No vas a alcanzarlos —volvió a escucharse decir.

Pero su voz ya no procedía de su propio pensamiento, sino que se había trasladado detrás suyo y ahora rodeaba todo el lugar.

—¡Ya no me importa! —se respondió con agresividad.

—Lo sé —dijo su propia voz.

Sintió más fuerte el caudal de agua que corría dentro del obelisco. Levantó la mirada para ver su punta, pero fue imposible. Miró al frente y vio su propio reflejo. Era un rostro indefinido y sin rasgos, pero sabía que era ella. Ya no le importaba. Retiró bruscamente la mano de la estructura y sintió cómo un fuerte torrente la alejaba del obelisco y la hundía en un caudal de aguas turbulentas nacidas del mismo. Ahora estaba en la mitad de aquel río sin fondo. Hojas y agua hechas torrente.

—¿Susan? —escuchó una voz a su lado—. Susan… ya están aquí —dijo la voz, haciendo más énfasis en la palabra «aquí».

Susan tuvo que hacer un gran esfuerzo para abrir los ojos hinchados por el llanto de toda la noche. Miró la silueta que poco a poco empezaba a definirse enfrente suyo y, antes de que se incorporara por completo del sofá, dejando caer al piso la manta que la había protegido del frío de diciembre, Jonas, su esposo, volvió a dirigirse a ella mientras caminaba para abrir la puerta del departamento.

—¡Susan! ¡Vamos! —dijo con un tono entre molesto y apurado.

Susan por fin quedó sentada a un lado del sofá que le había servido de cama la noche anterior. Por la ventana entraba un ridículo rayo de sol, tan triste que no podía representar mejor el sentimiento de aquella mañana. Se puso de pie a tal velocidad cuando escuchó la voz de su madre saludar a su esposo que sintió un increíble e instantáneo mareo que la hizo apoyarse de nuevo en el espaldar del sofá. Levantó la mirada. El lugar era un desastre. Una versión en la vida real de aquel confuso sueño de hojas, obeliscos y ríos que empezaba a recordar. No pudo tomar mucho tiempo para hacerlo, porque Debra, su obesa y rolliza madre, caminó hacia ella y la abrazó con fuerza sin dejarla ni siquiera respirar.

—Susan… Tranquila, mi pájarito azul—dijo Debra mientras besaba su mejilla izquierda—. Todo estará bien.

Aquellas pocas y genéricas palabras fueron suficientes para que Susan rompiera en llanto y abrazara desesperada a su madre sin darle oportunidad a que sacudiera la nieve que estaba empezando apenas unos minutos antes.

—¡Dios! —pensó Jonas.

Y no disimuló la cara de fastidio que le produjo aquella escena ridícula entre madre e hija.

Debra acarició el cabello despeinado de su hija y volvió a besarla con aquel amor entregado e incondicional de una madre que solo ha tenido una hija en su vida. Trató de calmarla susurrando palabras en su oído, hasta que Jonas caminó hacia ella mientras terminaba de ponerse el abrigo y empezaba a envolverse el cuello con una bufanda de rombos grises y negros.

—Debra… ehhhh… ¿Te importaría?

Debra volteó a mirar a su yerno y caminó hacia él, en un intento infructuoso por no despegarse de Susan.

—Ah… por supuesto, Jonas —respondió.

La mujer se acercó a Jonas mientras este contemplaba a su esposa cubriendo su rostro, ahogada en un interminable llanto.

—Debra… gracias… se despertaron hace un poco… no quiero que salgan de su habitación y la vean así… —dijo Jonas con un tono más cercano a la decepción que a la preocupación.

—No te preocupes, yo me encargaré de los niños —respondió Debra sin dejar de poner los ojos en su hija.

—Hay salchichas y jugo de naranja en el refrigerador… si necesitan… —se limitó a decir Jonas mientras abría la puerta para salir.

Debra interrumpió a su yerno poniendo en alto la palma de su gruesa mano.

—Jonas… ve tranquilo, ya es tarde.

—Dios, Debra… —protestó mientras volvía la mirada hacia Susan—. ¡Es solo un tipo! ¡Tuve que darle pastillas para que durmiera anoche!… No puedo creer que…

Su semblante se había transformado instantáneamente en una expresión de rabia y cansancio.

—¡No debiste haberlo hecho! —respondió Debra sin dejar que Jonas continuara.

—¿Qué querías que hiciera? —dijo Jonas mientras levantaba la voz y clavaba su mirada sobre los ojos de su suegra—. Los vecinos pensaron que yo la estaba golpeando. ¡No paraba de gritarle al televisor! ¡Los niños estaban asustados!

—Lo de siempre, Jonas —respondió tajantemente Debra—. Debiste haberme llamado tan pronto se supo la noticia.

—No… no, Debra —dijo Jonas mientras terminaba de ponerse el guante derecho—. No podemos depender siempre de ti… más por una tontería como esta.

—¡Para ella no lo es! —respondió de inmediato—. ¡Todo el mundo está paralizado!

—Volveré antes de las ocho —acertó a decir antes de salir del lugar, no sin antes dar un portazo tal que hizo vibrar las ventanas de la pequeña sala.

Debra caminó de nuevo hacia su hija y, después de abrazarla unos instantes más, fue a la habitación donde sus nietos permanecían en silencio mirando la calle tapizada de nieve. Al regresar de la mano con ellos, luego de prometerles que les prepararía el mejor desayuno del universo, Susan permanecía de pie frente al televisor, buscando nuevos avances sobre la noticia que la había llevado a aquel estado la noche anterior.

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