Susan y Paul

2- Debo hacer algo al respecto

Debra, ya experta en este tipo de situaciones repetitivas, se había valido de gran creatividad para preparar a sus nietos un delicioso desayuno con cereales, salchichas y pastelillos que había llevado consigo. No le importaba que los pequeños no lo comieran todo. Su verdadero interés estaba centrado en Susan. Su hija siempre había lidiado con la depresión de esta desde temprana edad y ahora, que parecía haber llegado a una etapa en apariencia estable desde el nacimiento de Simon (su hijo mayor), recibir aquella noticia la noche anterior había acabado de tajo con la tranquilidad que el matrimonio había logrado.

Dejó a los niños solos en la mesa y se acercó lentamente hacia Susan, cuyas lánguidas lágrimas caían constantemente por sus blancas mejillas.

—¿Alguna novedad? —preguntó mientras se sentaba al lado de su hija, tratando de hacer un esfuerzo infructuoso para no moverla del lugar donde estaba.

—Sigue en estado crítico —respondió Susan sin despegar la mirada del televisor—. Los médicos solo han dado un reporte desde anoche. Nadie dice nada…

—No puedo creer que alguien haya hecho algo así… ¡Es increíble! —acertó a decir Debra al mismo momento en que apretaba fuertemente las frías manos de su hija.

—Mamá, ¿por qué?, ¿por qué hacen esto? —dijo Susan con voz entrecortada mientras la televisión mostraba la inmensa cantidad de personas aglomeradas en la entrada del Hospital Central de St. Luke’s-Roosevelt.

—Susan… mi amor… —intentó balbucear su madre.

Un fuerte ruido se escuchó tras las dos mujeres. Debra volteó la cabeza de inmediato, solo para ver cómo Angela había tirado al piso su plato de Sesame Street, donde momentos antes le había servido hasta el tope de leche tibia y cereal de maíz.

Debra no dijo nada y hábilmente levantó sus 216 libras de peso y caminó con paso firme hacia los niños. Susan no se inmutó. No era la primera vez que sus hijos habían pasado a un plano secundario en su vida pese a lo corta de sus edades.

Con increíble paciencia, Debra se agachó a la medida de sus posibilidades tratando de recoger el plato volteado. La pequeña Angela reía tímidamente.

Cuando Debra terminó de servir nuevamente otro plato de iguales características a Angela, giró la mirada hacia la sala. Susan había desaparecido.

Unos minutos antes, mientras Debra preparaba el desayuno de sus nietos, empezó a sentir una disminución en la temperatura. Si bien había sido un diciembre frío, este distaba bastante en comparación al del año anterior, cuando literalmente pensó que moriría con sus huesos cristalizados por causa de aquel inclemente clima.

Había nevado poco y en los pronósticos del tiempo no habían mencionado nada referente a alguna tormenta como había ocurrido el año anterior por aquellos mismos días. Pero en ese instante, mientras vertía la leche en el plato de Angela y veía cómo la imagen del “Monstruo come galletas” en el fondo de este comenzaba a cubrirse, sintió un escalofrío que erizó su piel.

Asomó la cabeza hacia la ventana y se percató de que aquellos tímidos rayos de sol que se habían comenzado a filtrar habían desaparecido por completo.

Susan continuaba con ojos increíblemente hinchados mirando la televisión, apenas parpadeando para dejar caer grandes lágrimas sobre su regazo. Su hija la entristecía. Realmente la amaba, amaba a sus nietos, amaba aquel hogar que ella misma había ayudado a construir pese a las protestas de Jonas.

Jonas… Jonas en el fondo era un buen tipo, pensaba a menudo, pero había perdido la infinita paciencia con que había tratado a su hija en los primeros años de matrimonio, y se había convertido en un esposo muchas veces intolerante, enfocado en su trabajo y descuidado con su esposa.

Sabía que Susan no era una mujer fácil, y que contaba con un gran número de problemas en su forma de ser que ella, su misma madre, también detestaba. Pero era su hija, y el amor de una madre por su hija trasciende cualquier dificultad.

Por eso estaba allí.

Debra golpeó tres veces seguidas la puerta del baño mientras cargaba a Angela sobre su brazo izquierdo. Le había dado suficiente tiempo a solas a su hija, pero el silencio dentro del baño comenzaba a preocuparle.

—Susan… hija —dijo mientras terminaba de dar el tercer golpe a la puerta—. ¿Estás bien?

El silencio de Susan inquietó aún más a su madre.

Nuevamente golpeó la puerta.

—Susan, te estoy preparando un omelette —dijo de forma maternal, tratando de disimular su angustia.

Pero Susan tampoco respondió.

Debra puso a Angela sobre el piso y esta caminó lentamente hacia la sala del pequeño apartamento, donde Simon había tomado el control remoto del televisor y comenzaba a cambiar los canales para encontrar algún dibujo animado.

La mujer inspiró una gran cantidad de aire e infló sus generosos pulmones. Desde que era una adolescente, Susan solía encerrarse por largas horas en el baño con la luz apagada, buscando en el silencio de la soledad alguna forma de consuelo a sus penas.

Debra, ya experta en las costumbres de su hija, pensó que aplicar un poco más de seriedad en este momento era la estrategia adecuada para prevenir que el encierro de su hija se empezara a prolongar y trajera consigo alguna sorpresa desagradable. Mas, justo cuando Debra levantó su gruesa mano para golpear con fuerza la puerta, Susan la abrió de repente y permaneció unos cortos instantes mirando los ojos azules de su madre.

Se había peinado de forma simple, recogiendo su cabello con una cola; había lavado su rostro, pero era imposible disimular las horas de llanto por las que había pasado. Estaba sin maquillaje, pero esto no le importaba.

Miró a Debra y con una voz que parecía más un agudo chillido le dijo:

—Debo ir a verlo.

Debra permaneció un momento en silencio y pareció no reaccionar de forma instantánea a las palabras de su hija. Parpadeó dos veces seguidas, como queriendo entender con ello el contexto de esta declaración.

—¿Verlo?, ¿dónde? —preguntó por fin.

—Al hospital. No puedo seguir aquí sin hacer nada —respondió Susan, poniéndose de medio lado y saliendo del baño, dejando a su madre atrás.

—¿Y qué puedes hacer? —protestó Debra—. ¡Nadie puede hacer nada!

—Hay miles de personas desde anoche, ¡yo debo estar allí! —respondió Susan con cierto tono de furia en su voz.

—¿Debes? —dijo Debra, aumentando el volumen de su voz mientras seguía a su hija hacia la habitación matrimonial.

Susan no respondió nada y se limitó a ponerse el primer abrigo que encontró en su clóset.

—No vas a hacer nada haciendo guardia en la entrada de un hospital —acertó a decir Debra, tratando de que sus palabras no hirieran la susceptibilidad de su hija.

—No me importa —respondió Susan.

—¡Por el amor de Dios, Susan! —replicó la mujer—. ¿Has pensado en tus hijos por un instante?, mira por la ventana… está empezando a nevar, yo no…

—¡No me importa! —la interrumpió de forma abrupta Susan mientras se dirigía a la puerta.

Al ver la determinación de su hija, Debra la tomó por el brazo de forma suave pero firme, como la experiencia de madre se lo había enseñado con el pasar de los años.

—No vas a ganar nada yendo hasta allá —dijo con voz segura—. Quédate con nosotros, veremos qué nuevas noticias hay, hija…

—Adiós mamá —respondió Susan y salió del lugar sin mirar atrás.

Susan cerró la puerta y empezó a descender las escaleras ahogada en llanto. Al dejar el edificio, sintió el frío estremecedor. Ciertamente estaba comenzando a nevar con más fuerza, pero esto no le impedía continuar con su propósito.

Cruzó la calle en busca de la estación de metro más cercana y no tuvo reparo en atravesarla con la luz del semáforo en verde. Solo podía pensar en él. En su mente replicaba, como un martilleo, una de sus canciones más conocidas de su etapa como Beatle.

Esa mañana, Nueva York estaba mucho más triste de lo de costumbre. Susan podía sentirlo en el aire, en los rostros de la gente.

Descendió hacia el subterráneo y desapareció por fin de la superficie.

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