Susan y Paul

4- Es hora de esconderse

El 14 de diciembre de 1980, una multitud cercana a 300.000 personas se reunió en el Central Park de Nueva York.  Aunque la petición de Jane Asher, viuda de McCartney había sido que esta se mantuviera en una oración silenciosa por diez minutos en memoria del Beatle; sin duda, en menos de este tiempo la multitud rompería el silencio inicial y cantaría al unísono temas insignia de Paul en sus primeros años tras de la separación del trío de Liverpool.  Asher, infinitamente conmovida por aquella acción que se replicaría en ese mismo instante en la ciudad natal de su esposo, salió por la ventana del departamento y llevando en brazos a su pequeño hijo John, se unió al coro en memoria del músico.

Los restos de Paul fueron cremados en el Cementerio Ferncliff en Westchester. Pese a que no se celebró ceremonia alguna, los seguidores de Paul se apropiaron de un lugar especial en Central Park donde realizaron un altar decorado por flores y fotografías de este. Susan, en completo silencio y con un pálido e inexpresivo rostro, se había unido a la multitud. No fue la primera vez que lo hizo. Había empezado a ausentarse más y más de casa, hasta el punto en que pasaban varios días sin que su familia supiera de ella. Susan dedicaba sus días a seguir los últimos pasos de Paul y pasar interminables horas contemplando en silencio aquel fatídico lugar donde este había dejado de vivir.

Se sentaba en las bancas cercanas al lugar del monumento dedicado a Paul, en Central Park. Las lágrimas que antes derramaba inconsolable, ahora se habían secado, pero a su vez, habían formado un agujero de dolor indescriptible en el centro de su pecho. Había hecho de aquel lugar, su nueva casa, a veces permaneciendo en silencio sin importar el frío del invierno, otras veces, entraba en un extraño éxtasis donde las hojas secas volvían a envolverla, como en sus sueños. Ya no le importaba nada mas que permanecer en aquel lugar. Ese se había convertido en su única razón de vivir.

Con el tiempo, se erigió en ese mismo sitio una estatua en su honor a Paul. Tiempo después, dos fans se suicidarían frente a su monumento.

-¿Cuál de ellos era Paul?-preguntó Jonas mientras veía la televisión sentado junto con Susan y los niños.

Susan no respondió.

-Bueno…supongo que es el que más muestran-respondió con desánimo sin mirar a su esposa.

Puso a Simon sobre sus piernas y continuó fingiendo que todo aquello le interesaba, mientras que Susan, aún con un semblante melancólico, mantenía la mirada perdida en aquel programa que recordaba la historia de McCartney durante la década de los setentas.

Dos semanas atrás, Susan fue atendida por personal de primeros auxilios provenientes del mismo Hospital Central de St. Luke’s-Roosevelt. No fue la única que había sucumbido al shock de la noticia aquella fría mañana del 9 de diciembre. Como tantos otros, había perdido la conciencia y caído al piso golpeándose la cabeza contra el suelo. La escena se repitió cientos de veces aquella mañana, no solo en los alrededores del hospital, sino en otras grandes ciudades del mundo, incluida, por supuesto, Liverpool.

Una vez incorporada, después de ser ayudada por el equipo médico, se abrió paso entre la adolorida multitud y llegó hasta las mismas puertas del St. Luke’s-Roosevelt donde ya no pudo acceder. Eran casi las cuatro de la tarde cuando Jonas la encontró junto con tantos otros peregrinos en las cercanías del lugar, helada hasta los huesos e inamovible como una gran roca. Había llegado al lugar por sugerencia de Debra, quien, seguida por su instinto de madre, sospechó que ese podía ser uno de los destinos tomados por su hija cuando huyó de casa en la mañana. 

Pese a lo tediosa que era aquella situación para Jonas, de manera inesperada, su comportamiento pareció cambiar posterior a este acontecimiento. No solo no hizo cuestionamiento alguno a Susan sobre su papel en aquel lugar, sino que, en los días posteriores, permaneció en casa cuidando de su esposa e hijos, incluso faltando a trabajar. Debra agradeció en silencio aquel repentino y positivo cambio en la actitud de su yerno, quien siempre se había caracterizado por su parquedad e impaciencia ante los continuos cambios de ánimo de su hija. Días después, cuando George Harrison y Pete Best, los dos compañeros de Paul, anunciaron que tocarían por primera y única vez juntos desde la separación de la banda, en homenaje a su compañero asesinado, fue el mismo Jonas quien se ofreció a acompañar a su esposa a aquel multitudinario concierto de año nuevo en Central Park. Susan lo rechazó.

Dejaron de verla por semanas enteras, hasta que la policía la encontró deambulando cerca del edificio de Paul, y la llevaron a casa. Jonas la abrazó insensible. Su corazón estaba helado como el rostro de su esposa, pero aún guardaba un tenue rayo de esperanza anhelando que el tiempo fuera borrando poco a poco el recuerdo de Paul.

Susan había vuelto a soñar con aquellas aves gigantes. Este se había convertido en un sueño recurrente e igual de espantoso que la primera vez. Debra prácticamente se había quedado a vivir con la pareja de forma indefinida, dedicando todo su tiempo al cuidado de su hija y nietos. Jonas, al ver que solo no podía controlar aquella situación, había cesando así toda hostilidad contra su suegra de manera indefinida, como única alternativa de supervivencia a las tormentosas semanas que siguieron después de la muerte de Paul.

Debra y Jonas sabían que aquel cambio en la dinámica familiar era preferible a internar a Susan en una casa de reposo como en ocasiones anteriores. Sin duda el asesinato de McCartney había sido un poderoso y veloz detonante para que la depresión de Susan volviera a manifestarse después de un largo periodo de feliz ausencia.

-Debemos darle tiempo, Jonas-solía decirle Debra cuando ambos se quedaban a solas después de llevar a los niños a la cama y verificar que Susan se encontrara dormida en la habitación del matrimonio.

Jonas guardaba silencio. Para Debra, eso era suficiente.

Una mañana casi para finales de marzo, Susan se levantó de la cama al escuchar la llegada de su madre y sus hijos del supermercado. Se había quedado en casa por más de tres semanas consecutivas y al parecer, su deseo de escapar de casa para perderse en los recuerdos de la muerte de Paul, se habían desvanecido. Aquel cambio había traído una frágil tranquilidad a toda la familia.

Susan abrió la puerta y vio a la obesa mujer cargando en uno de sus brazos a Angela quien se encontraba dormida, y llevando de la otra mano a Simón. Tenía una bolsa de supermercado colgando de la muñeca y sin duda debía regresar al auto para empezar a sacar el resto de paquetes. Susan extendió los brazos y por primera vez en varios meses, se atrevió a tocar a uno de sus hijos. Debra pareció asustarse y dudó en entregársela.

-Dámela, la pondré en su cuna- dijo Susan con un tono de voz menos seco que de costumbre.

Caminó de regreso al auto con el fin de sacar el resto de paquetes, dos lágrimas rodaron por las grandes y pálidas mejillas de Debra. Susan parecía estar despertando al fin de aquel letargo de mutismo y soledad.

Ese era por fin, un día feliz para Debra. El último día feliz de su vida.         

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