La Caja – Parte 1

Para Bernando y Joao:

Amigos, si… después de estos años, es la única forma en que me puedo referir a ustedes. Nunca lo dije, ni nunca me referí a ustedes de esta manera. Pero en el fondo, así lo sentí. En el vacío del encierro, en todo este tiempo en que mi mente deambulaba casi llegando a la locura y chocaba contra estas paredes, escuchar sus voces, fué el único aliciente y el último rayo de luz que aún me quedaba de humanidad. ¿Fuí un mounstruo? Todos dicen que si. Siempre lo negué, pero en todas las noches de desesperación, de soledad, tristeza y arrepentimiento, tengo que confesar que si. Lo fuí. No el tipo de monstruo que fué descrito con morbo en la prensa. Fuí otro tipo de monstruo, condenado por otro peor que fué llamado, «mi víctima». Todo radica en la perspectiva de quien lo mire. Para la mía, aunque ustedes fueron mis carceleros, con el tiempo dejé de odiarlos y les tomé aprecio. Disfrutaba en silencio de sus historias, tan vacías y simples como sus rutinarias vidas. Aunque nuestra interacción fué casi nula, fueron lo más cercano a un amigo. ¡Qué ironía! ¡Yo que distruté de clubes, reuniones y eventos de la alta sociedad, me rodeé de banqueros, empresarios, políticos y de altos jerarcas de la iglesia!, ¡Yo que, pese a mi corta edad, estaba ya marcado para grandes cosas!, y llamo ahora, sin arrepentimiento alguno «amigos» a quienes me encerraban en una fría habitación, aseguraban la cerradura y me encadenaban para salir del presidio. Supongo que es como la vida te escupe en el rostro por la forma en que te portaste. Ya no tiene sentido. Ya es tarde.

No quiero, sin embargo, que exista o acaso se establezca algún tipo de relación entre ustedes y lo que acabo de hacer. Dejé esta carta a la mano, con la intención de que sea fácilmente encontrada una vez mi celda sea abierta. Quiero que sepan, que, actué solo y que lo que pasó fué exclusivamente mi plan. Una medida única y desesperada para volver a acariciar la libertad, aunque sea solo por unos segundos. No fué su error. Por favor, ¡No culpen a mis carceleros! Estuve trabajando por largos meses en este plan. Estuve engañándome a mi mismo todo este tiempo para empezar a entablar una conversación con ellos hasta ganar un ápice de confianza que me permitera unos instantes de distracción. Mis carceleros siempre fueron implacables, honestos…admirables. Pero ví la oportunidad. La analicé. No podía permanecer más años así, a la espera de mi condena, repudiado, abandonado…con el demonio del pasado carcomiéndome la conciencia, con la imagen de aquella noche donde yo pasé de víctima a victimario…aquel lugar apestoso y frío…con aquel hombre y aquella caja…¡esa maldita caja donde desearía guardaran mis cenizas! porque, mi cuerpo será libre, pero mi alma ya estaba condenada desde el momento en que se abrió.

La idea pasó muchas veces por mi mente. No existía una puerta mágica que me sacara de aquí. No en este terrible lugar. La única salida a mi libertad definitiva era en forma de caida libre. Once pisos. Muerte instantánea. Un descuido milimétrico de mis carceleros… Los usé.¡Y cómo lo lamento! ¡Lamento fingir atención y comentar con falsedad cuando Joao hablaba de su pequeño hijo con Bernando!, ¡Lamento haber creado un vínculo solo para que bajaran la guardia! ¡Cuanto lo lamento! Si…fuí un recluso tranquilo al que posiblemente le esperaba un hospital siquiatrico como morada por el resto de su vida… ¡Y vaya que si tenía una vida por delante! Pero se había terminado apenas a mis 23 años cuando fuí detenido y que iba a terminar 4 años después, reventando mi cabeza contra el primer piso de este edificio. También lo siento por mi dentista. También la usé. Curó mi dolor, no solo de dientes, sino del alma…dejé su consultorio y al primer descuido de mis carceleros, salté. Si…soy un mountruo al fin de cuentas. ¡Pero, ahora soy libre!

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