El pavimento parece derretirse y no hay ni una sola sombra que ofrezca esperanza de refugio. El silencio, aquel mutismo que parece reinar en todo el lugar, es apenas violentado por el sonido del viento al rozar el océano con timidez. Casi inperceptible. Un susurro. Casi nada.

El Sol de medio día es inclemente.

A lo lejos, una sombra borrosa y desganada intenta caminar por la mitad de lo que alguna vez fué una amplia avenida, ahora, solo es el testigo triste y decrépito de un esplendor fugaz en las arenas del tiempo. Óxido y lujo. La sal y los años.

Poco a poco aquella sombra se acerca a unas ruinas: moradas verticales que tocaban las nubes con arrogancia, quebradas, desbordadas de salitre, incoloras y dobladas…un lugar de muerte para esconder la vida ¡Al fin un refugio!.. ¿O una tamba?

Un ave en lo alto emite un chillido. Se ve su silueta borrosa volando sobre el cielo gris y nublado del lugar. La sombra borrosa se estremece por unos instantes al escuchar aquel chillido desgarrador y mortal y se adentra en los escombros más cercanos, con la respiración ahogada, la lengua seca y el corazón a punto de estallar.

Minutos que se mutan eternos, enfurecen el tacto del sol sobre la supercie, pero también alejan los chillidos que vienen del cielo. Abajo se está ahora a salvo, aunque sea por unos momentos.

El silencio reinante le permite adentrarse en los escombros. La calle queda atrás y lo cubre la sombra de lo que alguna vez fué un lugar lleno de vida.

La sed mata.

Su mirada es baja, y mientras camina con total cautela bajo aquellas cúpulas de vidrio quebrado y hormigones desgastados, el panorama se hace cada vez más decrépito. Pero no hay marcha atrás. El lugar es más fresco y cerrado, casi como una perfecta última morada, si no encuentra pronto que beber. Ya lo ha vivido antes. La sed ha sido un lugar común durante toda su vida, pero nunca como en aquel momento. Es el límite de toda situación a la que se había enfrentado. Su caminar se hace más lento y torpe. Su visión más borrosa. Son instantes previos al final.

Continúa adentrándose casi que por inercia en aquel lugar abandonado hasta que se ve interrumpido por una alta pila de edificaciones derrumbadas una sobre otra. 

Le es difícil hallar la ruta sobre esta pila de concreto y acero retorcido. Permanece sobre lo alto de unas vigas, buscando una ruta para continuar adelante. Entonces, los escucha: Ya no está solo. Su desgracia se ha multiplicado en más de una decena. Aquella ave de rapiña ya no está sola. Un amplio grupo de carroñeros vuelan en círculo justo encima de su suyo. Los mira por unos segundos, parece hipnotizado por el vuelo circular de las aves; por unos instantes, el tiempo parece detenerse para permitirle admirar la perfección de su planeo, aquella libertad e imponencia le deslumbraron. Se perdió en los rayos de luz que atravezaban ligeramente sus negras alas. De repente, la armada de carroña rompe la formación y aquellas aves mounstruosas se lanzan en caída libre hacia el.

Busca con desesperación una ruta de escape entre los escombros. Intenta meterse dentro de algún agujero o grieta que le permita protegerse. Una sombra lo cubre y se escucha el chillido desgarrador…Continúa buscando refugio, corre por donde le es posible, los escombros crecen, los caminos se cierran, los escombros se levantan con cada paso que dá. Siente de nuevo una sombra justo detrás suyo. Se estremece y su cuerpo gira…un dolor indescriptible sale su cuerpo desgarrado en un instante por las afiladas garras de un ave; esta levanta su vuelo nuevamente con sus patas ensangrentadas. Está hambrienta pero quiere jugar antes de deborar a su presa.

Aquel instante después del ataque se convierte en un segundo extra. Corre de nuevo tropezando. Los chillidos son cada vez más cercanos y las sombras de las aves se hacen mucho más grandes. Cambia de ruta tropezando con cada escombro a su paso. El silencio ya no es importante. Ellos saben que lo tienen y pueden oler el rastro de sangre que deja a cada paso. Entonces, una pequeña abertura se muestra borrosa a su lado. Una cavidad ridídula y milagrosa producto de dos columnas caídas una al lado de la otra. Corre con sus últimas fuerzas y se cubre por la fría sombra del mármol. Está a salvo, por el momento.

Aquel túnel le permite introducirse más por debajo de los escombros. Poco a poco, el túnel se conecta con paredes más altas que le llevan a otro pasaje. Continúa caminando por el pasillo lleno escombros. Unos rayos de luz que se cuelan por las ventanas, permiten ver que las paredes pintadas ya de polvo, aún conservan un tono claro pese al paso del tiempo. Llega a otra puerta de cristal azul, la cual se encuentra cerrada, pero al observarla bien, se da cuenta que tiene una esquina quebrada y sin cristal y se introduce por el lugar…y penetra a otro pasillo en mejor estado. Se detiene al fin para respirar. El lugar parece más seguro. Siente arena en la lengua y un dolor punzante en su costado. El ataque del ave le ha desgarrado la piel y la sangre sigue fluyendo aunque en menor cantidad. Está cansado, sediento…solo.

Después de un rato, decide continuar su recorrido. Es la sed y el dolor aquel impulso final que le hace seguir su marcha. Encuentra objetos que son diferentes e inusuales en aquel escenario: libros en el piso, mecanismos, cajas, planos, mapas y un gran caos de papeles y documentos. Mientras sigue su recorrido, encuentra que hay lugares en que la luz es casi mínima y en otros apenas esta entra cada vez menos por las grietas de la pared. Continúa bajando por el pasadizo donde hay menos escombros y sonido y la oscuridad y el frío se hacen mas notorios. Llega a un punto en que ya no puede ver absolutamente nada. Es el momento final.

La oscuridad le ofrece un sollozo…un lamento, pero no es el. Se alarma. Comienza a acercarse lentamente a medida que la intensidad del llanto se hace más notoria. Llega a una habitación en escombros, una pequeña y fria recámara llena de libros, documentos, hojas, y el constante zumbido de cientos de moscas que vuelan excitadas por el hedor de un cúmulo inconmensurable de excremento.

Lo ve. Allí a unos pocos metros suyos, está de espaldas un remedo de hombre: Un anciano desnutrido y harapiento, cuya carne se pega a sus huesos forrándola herméticamente; está envuelto en una sábana raída y manchada de sangre, su cabello gris y desdeñado apenas consta de unas hebras finas y muy sucias. La barba larga, hasta el esternón, es una maraña de pelos compactos, secos y blancos. El anciano llora, llora mientras lee un libro igual de viejo a el. Lee unos cuantos párrafos y luego rompe en llanto, golpea con sus puños el suelo y las pocas velas que alumbran el lugar tiemblan casi al punto de apagarse. Grita con la voz cansada y aguda de hombre cuyos pulmones ya no funcionan bien:

«Se fueron…se fueron y me dejaron»

El comportamiento del anciano lo altera…siente miedo y se desliza en retrocendiendo lentamente para no ser escuchado por el hombre, pero justo en el momento de perderse entre las sombras vio algo que lo hizo detenerse:

El anciano, después de permanecer estático con los brazos en al aire, mete las manos delante suyo y saca un recipiente cóncavo de madera; bebe un largo trago de agua y una vez terminado, deja aquel recipiente justo detrás suyo. Se inclina lenta y cansadamente, lee un poco en voz alta y luego guarda silencio. Rompe en llanto de nuevo.

Al ver la cercanía del valioso líquido, se acerca despacio, arrastrándose entre los libros y la basura…la pestilencia se hace más próxima y le cuesta mucho respirar, casi a unos pocos centímetros del tazón, el anciano rompe el silencio y grita de nuevo desesperado en medio del llanto:

«Se fueron…se fueron y me dejaron»

Poco a poco llega hacia el recipiente, lo ve cada vez mas próximo y su mirada se introduce en el platón,  su mirada se inunda de agua a medida que bebe y calma su sed

Entonces el anciano lo ve.

En su desesperación lanza las velas lejos y tira los papeles por los aires, mueve la cabeza y arranca sus pocos cabellos. Sus ojos se quedan fijos en este. Su semblante cambia del de un viejo desequilibrado al de un asesino maniático. Sus ojos se abren y lentamente busca con su mano en el piso un pedazo de vidrio que toma en su mano a modo de puñal. El viejo permanece unos segundos rígido y lanza en silencio su primer ataque el cual es esquivado con rapidez. El anciano sale en su persecución arrastrándose entre los escombros ya que el techo es muy bajo y está en pésimas condiciones…grita desesperado y penetra en la oscuridad. No hay mucho espacio para esconderse, 

El viejo le grita que no huya, pero él, refrescado por el agua que le robó parece tener mayor energía.  El anciano lo sigue entre una cámara exterior a otra ala de la biblioteca, inundada de papeles regados y libros caídos. Es difícil correr por el edificio inclinado.  Mientras trata de escapar se mete entre dos columnas de estantes. El viejo se lanza sobre él y logra herirlo superficialmente. Al intentar seguir adelante, se queda brevemente atrapado entre los dos estantes. Forcejea y le cae uno de estos encima quedando visible en la pared una grieta mediana que antes estaba cubierta. Un haz de luz se ve  por el agujero. El anciano grita aún sosteniendo en vidrio en la mano y comienza a quitarse los libros de encima para continuar la persecución.

El perseguido escapa por la grieta y llega a la superficie corriendo despavoridamente.

Al fondo se escucha al anciano revolcarse entre los libros gritando de frustración. Pronto volverá a su madriguera y continuará con su lectura y su llanto.

Al salir de los escombros de abajo, siente de nuevo el calor, pero ahora ha refrescado su sed, camina unos metros  y sigue por una calle desolada llena de espejos destrozados que provienen de un edificio cercano. Se detiene un momento y mira su reflejo en un cristal. Esta muy delgado y sucio, y su pelaje negro está cubierto del polvo gris de aquel lugar. La herida produto de las garras del ave aún palpita en su carne. Se la lame varias veces y prueba el acre sabor de su propia sangre. Estará bien y esta será, al final, una de tantas otras cicatrices que ha llevado su cuerpo durante estos años. Levanta el hocico y olfatea profundamente el aire contaminado del lugar, camina unos pasos y ladra tres veces al horizonte

Se va lentamente entre los escombros y desaparece buscando alguna sombra que lo proteja del calor.

En el cielo, los carroñeros vuelan sobre el lugar, describiendo en su ruta, grandes círculos perfectos.

1 comentario en “Abajo”

  1. «Abajo» tiene unos 14 años de haber sido escrito. Por mucho tiempo, permaneció en uno de tantos archivos con textos (algunos terminados, otros inconclusos, y algunos otros, solo documentos de texto vacíos creados sin nombre) que encontré entre mis repositorios online o discos duros. Su estilo, refreja -en cierto modo- una etapa de mi vida. Hoy lo rescato del olvido (o quizá, el me rescata a mi), para ser la primera raíz del Bosque Flotante.

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