Susan & Paul – Parte 4

El 14 de diciembre de 1980, una multitud cercana a 300.000 personas se reunió en el Central Park de Nueva York.  Aunque la petición de Jane Asher, viuda de McCartney había sido que esta se mantuviera en una oración silenciosa por diez minutos en memoria del Beatle; sin duda, en menos de este tiempo la multitud rompería el silencio inicial y cantaría al unísono temas insignia de Paul en sus primeros años tras de la separación del trío de Liverpool.  Asher, infinitamente conmovida por aquella acción que se replicaría en ese mismo instante en la ciudad natal de su esposo, salió por la ventana del departamento y llevando en brazos a su pequeño hijo John, se unió al coro en memoria del músico.

Los restos de Paul fueron cremados en el Cementerio Ferncliff en Westchester. Pese a que no se celebró ceremonia alguna, los seguidores de Paul se apropiaron de un lugar especial en Central Park donde realizaron un altar decorado por flores y fotografías de este. Con el tiempo, se erigió en ese mismo sitio una estatua en su honor. Tiempo después, dos fans se suicidarían frente al monumento.

Mark David Chapman, el confeso asesino de Paul, fue condenado a cadena perpetua en agosto de 1981. Se dice que la tragedia pudo haber sido aún peor, ya que de los seis disparos hechos contra McCartney, tres impactaron directamente en su espalda, comprometiendo órganos vitales, mientras que el cuarto rosó su oreja derecha. De los dos disparos restantes, uno se incrustó en el marco de la puerta de entrada del Edificio Dakota (donde los McCartney residían). El disparo final, (que de hecho fue el primero hecho por Chapman) pasó a solo centímetros de la cabeza Jane. Una vez hechos los disparos, el hombre dejó a un lado el arma que acababa de descargar y se sentó a la espera de la policía para entregarse sin poner oposición alguna. Cuando era conducido a la patrulla solo pidió que no le quitaran la copia del álbum McCartney II, que  el  músico le había autografiado horas antes y que se convertiría en el último que este grabara en vida.

-¿Cuál de ellos era Paul?-preguntó Jonas mientras veía la televisión sentado junto con Susan y los niños.

Susan no respondió.

-Bueno…supongo que es el que más muestran-respondió con desánimo sin mirar a su esposa.

Puso a Simon sobre sus piernas y continuó fingiendo que todo aquello le interesaba, mientras que Susan, aún con un semblante melancólico, pese a que había ya pasado casi dos semanas desde el asesinato del Ex Beatle, mantenía la mirada perdida en los aquel programa que recodaba la historia de McCartney durante la década de los setentas.

Susan fue atentida, por personal de primeros auxilios provenientes del mismo Hospital Central de St. Luke’s-Roosevelt. No fue la única que había sucumbido al shock de la noticia aquella fría mañana del 9 de diciembre. Se estima en casi más de un centenar de personas quienes tuvieron que ser atendidas de carácter urgente debido a la histeria generada por la noticia. Después de despertar del desmayo permaneció en silencio por casi una hora. Se había rehusado a dar el número telefónico de su apartamento para ser recogida, al igual que tomar un taxi para regresar a casa. Una vez incorporada, se  abrió paso entre la adolorida multitud y llegó hasta las mismas puertas del St. Luke’s-Roosevelt donde ya no pudo acceder. Eran casi las cuatro de la tarde cuando Jonas la encontró junto con tantos otros peregrinos en las cercanías del lugar, helada hasta los huesos e inamovible como una gran roca. Había llegado al lugar por sugerencia de Debra quien, seguida por su instinto de madre, sospechó que ese podía ser uno de los destinos tomados por su hija cuando huyó de casa en la mañana. 

Pese a lo tediosa que era aquella situación para Jonas, de manera inesperada, su comportamiento pareció cambiar posterior a este acontecimiento. No solo no hizo cuestionamiento alguno a Susan sobre su papel en aquel lugar, sino que en los días posteriores, permaneció en casa cuidando de su esposa e hijos, incluso faltando a trabajar. Debra agradeció en silencio aquel repentino y positivo cambio en la actitud de su yerno, quien siempre se había caracterizado por su parquedad e impaciencia ante los continuos cambios de ánimo de su hija. Días después, cuando George Harrison y Pete Best, los dos compañeros de Paul, anunciaron que tocarían por primera y única vez juntos desde la separación de la banda en homenaje a su compañero asesinado, fue el mismo Jonas quien se ofreció a acompañar a su esposa a aquel multitudinario concierto de año nuevo en Central Park. Susan lo rechazó.

Había vuelto a soñar con aquellas aves gigantes. Este se había convertido en un sueño recurrente e igual de espantoso que la primera vez que las soñó. Debra prácticamente se había quedado a vivir en casa de Jonas y en el fondo este sabía que si bien no era la mejor alternativa, si era la única forma de ayudar a la familia, cesando así toda hostilidad contra su suegra de manera indefinida. Ambos sabían que esta opción era preferible a internar a Susan en una casa de reposo como en ocasiones anteriores. Sin duda el asesinato de McCartney había sido un poderoso y veloz detonante para que la depresión de Susan volviera a manifestarse después de un largo periodo de feliz ausencia.

-Debemos darle tiempo, Jonas-solía decirle Debra cuando ambos se quedaban a solas después llevar a los niños a la cama y verificar porque Susan se encontrara dormida en la habitación del matrimonio.

Una mañana casi para finales de febrero, Susan se levantó de la cama al escuchar la llegada de su madre y sus hijos del supermercado. Abrió la puerta y vio a la obesa mujer cargando en uno de sus brazos a Angela quien se encontraba dormida y llevando de la otra mano a Simón. Tenía una bolsa de supermercado colgando de la muñeca y sin duda debía regresar al auto para empezar a sacar el resto de paquetes. Susan extendió los brazos y por primera vez en varios meses, se atrevió a tocar a uno de sus hijos. Debra pareció asustarse y dudó antes de entregársela.

-Dámela, la pondré en su cuna- dijo Susan con un tono de voz menos seco que de costumbre.

Camino de regreso al auto con el fin de sacar el resto de paquetes, dos lágrimas rodaron por las grandes y pálidas mejillas de Debra. Susan parecía estar despertando al fin de aquel letargo de mutismo y soledad. Ese era sin duda un día muy feliz.

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