Susan & Paul – Parte 3

-“Hola. Soy Sally Sanchez y sé muchas palabras por que hablo dos idiomas: Hablo inglés y también hablo español. Este es mi “Cat”, gato. Gato es la palabra en español para cat. Gato también habla dos idiomas. El habla idioma de gato (el gato mahulló), y también habla idioma de perro (el gato ladró). Es un gato muy inteligente (el gato mujió)”, ante el asombro de su dueña, Sally Sanchez, aquella marioneta de cabello rubio, piel violeta y gruesa naríz color naranja. 

Simon y Angela rieron a carcajadas mientras Sally Sanchez se tapaba la boca en señal de sorpresa. Por su parte, Debra permanecía con la mente en su hija. Había logrado que los niños se distrajeran con unos de aquellos raros programas de televisión; era lo único que había conseguido ya que no había podido lograr que desayunaran completamente. Debra miraba la ventana empañada. Su semblante estaba triste y resignado; sabía que no podía mantener esa actitud apesadumbrada por mucho tiempo, ya que Jonas no tardaría en llamar a preguntar por su esposa y al saber de su ausencia, la pelea entre este y su suegra estaba más que asegurada. Después de unos dibujos animados que mostraban a los esqueletos de un ave y un elefante jugando baloncesto mientras entraban a un camerino, el programa que los niños veían se fue a comerciales y Debra aprovechó la pausa para apoderarse del control de televisor y cambiar el canal a algo menos infantil por unos momentos, pese a la protesta de los niños. Después de cambiar a dos canales se detuvo de inmediato. Volvió a pensar en su hija: Frente a las cámaras de televisión, se mostraba por primera vez el rostro del autor que aquella atrocidad, por la cual, Susan, Nueva York y posiblemente el planeta entero habían entrado en un estado de shock desde la noche anterior: Mark David Chapman.

Debra inclinó su obeso cuerpo hacia el televisor mientras tocaba la cabeza de Simon quien se encontraba en el piso jugando con una frazada de cuadros rojos. Tomó el control y subió el volumen del aparato hasta que este superara a las voces de los niños. Ante ella y ante las cámaras que transmitían en vivo en aquel instante, el hombre fue presentado por el Departamento de Policía de Nueva York. Una ráfaga de flashes de cámaras destellaron en aquel instante mientras que Chapman, esposado y protegido por un chaleco anti balas, tuvo que bajar la cabeza para protegerse de las potentes luces de las cámaras que se reflejaban en sus gruesos anteojos. Dos de los policías que lo custodiaban y que lo tomaban cada uno por un brazo, tuvieron que hacer uso de la fuerza y ser asistidos por otro grupo de agentes para evitar que aquellos periodistas se abalanzaran sobre el hombre. Los sonidos de los flashes, los gritos de los periodistas y los insultos de los asistentes al lugar se convirtieron en un solo ruido ensordecedor y confuso a tal nivel, que Debra tuvo que bajar el volumen del televisor.

-¡Es tan joven!-pensó- y giró la cabeza en señal de negación.

Chapman tenía prohibido hablar con la prensa en aquel momento o hacer alguna declaración. Pese al temor de los agentes del Departamento de Policía, el hombre permaneció en silencio con la miraba en el piso. La presentación no duró más de un par de minutos, hasta que este fue retirado. Una decisión por demás prudente debido a las dimensiones de sus acciones. Posteriormente, el jefe encargado del caso, declaró que Chapman se había entregado voluntariamente y que incluso había permanecido estático esperando a ser arrestado, momentos después de haber disparado en cinco oportunidades contra la estrella de rock.

Simón haló el pantalón de su abuela y le señaló el televisor. La mujer no lo determinó y permaneció con la mirada fija en la foto de aquel hombre que de la noche a la mañana, se  había convertido en el ser más odiado del mundo entero. Una fría lágrima se escurrió por su mejilla. 

Susan caminó con paso firme y constante hacia el Hospital Central de St. Luke’s-Roosevelt. La nieve caía constante y el frío empezaba a hacer temblar sus manos de forma incontrolable. Frotó una contra otra, las acercó a su boca y sopló un poco de aire caliente en medio de estas. Comenzó a acelerar el paso. El hospital estaba a menos de cinco calles, y su único pensamiento estaba dirigido a llegar a este lugar; estaba llevada por un extraño magnetismo que le había hecho perder el control total sobre sus acciones o pensamientos. Había olvidado que era madre de dos niños pequeños, e incluso, si se le preguntaban de forma instantánea, no recordaba el nombre de su propia madre.

Cruzó de nuevo y de forma imprudente la calle acelerando cada vez más el paso. A  lo lejos podría ver una gran cantidad de gente peregrinando en aquel lugar, e incluso, si se enfocaba solo en eso, podía escuchar los cantos de las personas. Su corazón palpitó cada vez más rápido a medida que se acercaba al lugar, y en su trayecto, tropezó con más de una persona quien caminaba en sentido contrario. Tuvo que detenerse poco a poco para tomar aire. Desde su salida del subterráneo, había emprendido una veloz y acelerada caminata hacia el hospital, y ahora, que ya estaba tan cercano, se le hacía difícil respirar.  Se inclinó un poco y puso las manos sobre sus rodillas inhalando y exhalando el frío aire del invierno, levantó la mirada y limpió con el dorso de su mano, su frente empapada en sudor. Pronto llegaría al lugar. Era lo único que podía hacer y era mejor que quedarse en casa esperando que por fin los medios de comunicación reportaran alguna novedad sobre su salud. 

Después de recobrar fuerzas, retomó su marcha y caminó para llegar a la última calle que la separaba del hospital, cuando un grito desgarrador la obligó a detenerse y girar la miraba: En frente suyo, un grupo de jóvenes se abrazaba en medio de un llanto histérico. Un chico, de no más de 20 años intentaba correr desesperado mientras sus compañeros lo jalaban intentando que ete no avanzara más. Por fin, y después de un forcejeo, lograron tumbarlo hacia el piso donde este permaneció en medio de un llanto incontrolable agarrándose la cabeza con las dos manos. Sus amigos comenzaron a abrazarse entre ellos y a llorar en medio de gritos desesperados. El grupo venía en dirección opuesta al Hospital Central de St. Luke’s-Roosevelt. 

Un escalofrío recorrió la espalda de Susan, y esta, como pudo, atravesó la calle con las piernas temblorosas. A medida que caminaba con dificultad, comenzó a sentir una fuerte y pesada energía que rodeó el lugar y mientras se acercaba cada vez más a grupo de jóvenes, sintió su corazón estallar. Caminó hacia una chica pelirroja quien estaba distanciada del grupo principal. Se había pintado un símbolo de la paz en una de sus mejillas, pero ahora, este estaba escurrido y casi irreconocible por el efecto de sus lágrimas. La joven vió a Susan, y sin pensarlo dos veces, se abalanzó a ella y la abrazó desesperada. 

Susan sintió un agudo pitido en sus oídos. Permaneció rígida como una estatua mientras que la joven se aferraba a ella. Solo después de unos minutos, que le parecieron una eternidad, pareció descifrar por fin las palabras que la joven balbuceaba incansablemente mientras permanecía colgada a su cuello:

-Murió, Paul Mc Cartney acaba de morir.

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